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Hacia una Prosperidad con Rostro Humano: Sintetizando el Aro y la Trama a través de la Tríada Escolar

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Por Luis A Ordóñez Vela, Alicia Erdt y Juan Arias, Fundación InterConectados

El panorama del emprendimiento en Venezuela y Latinoamérica presenta una paradoja fascinante y, a la vez, dolorosa: poseemos una de las tasas de intención emprendedora más altas de la región, pero apenas un ínfimo 1,9% de estos proyectos logra sobrevivir más de tres años. La mayoría de nuestros emprendedores operan en la informalidad, no por falta de iniciativa, sino como una respuesta forzada de supervivencia ante una crisis sistémica que ha destruido el empleo formal. Para transformar este «heroísmo de subsistencia» en una prosperidad sostenible, debemos dejar de diseñar soluciones desde escritorios alejados de la realidad y entender que el problema no es solo económico, sino profundamente cultural y epistémico.

El Conflicto de Epistemes: El Aro frente a la Trama

Para abordar la informalidad, es imperativo comprender la tesis de Alejandro Moreno sobre el «Aro» y la «Trama». El Aro representa la estructura formal, legal e individualista de la modernidad; es el mundo del contrato, la acumulación de capital y la burocracia estatal. Por el contrario, la Trama es el tejido de relaciones afectivas y de parentesco que define la vida popular, donde el individuo no es un átomo aislado, sino una «persona-en-relación».

En la Trama, la unidad fundamental es la familia matricentrada, donde la madre es el eje económico y afectivo. Para una madre de sector popular, el «rebusque» o negocio informal no es una empresa orientada a la inversión lineal del Aro, sino un nodo de su red relacional destinado a sostener el hogar. Cuando el Estado o la banca privada intentan imponer los requisitos del Aro —como las 1.135 horas anuales que un pequeño empresario debe dedicar a trámites en Venezuela—, la Trama lo percibe como una interferencia hostil que asfixia el flujo de recursos hacia la familia. La informalidad, entonces, no es una patología, sino una estructura social coherente basada en la reciprocidad y la protección mutua. Y por ser cultural va a depender de la región geográfica y de las historias de vida de los actores.

Si queremos que el microempresario y el artesano den el paso a la formalidad, el sistema financiero debe adaptarse a las realidades de esa Trama. Aquí es donde cobran relevancia propuestas como el FONFAMYPE (Fondo de Financiamiento para la Artesanía, Micro y Pequeña Empresa) o el Fondo de Garantía, presentados hace algunos años por la Fundación Teconomía.

El FONFAMYPE fue concebido, no como un programa nacional rígido, sino como una herramienta de desarrollo local y descentralizado, gestionada por municipios y gobernaciones que conocen las «carencias reales» de su territorio. Su objetivo es democratizar el capital, ofreciendo crédito oportuno y asistencia técnica integral (legal, administrativa y productiva) para que la microempresa no sea solo un medio de subsistencia, sino una unidad eficiente de producción.

Sin embargo, el gran muro para el sector informal es la falta de garantías reales (hipotecas o depósitos) exigidas por la banca tradicional. Para derribar este muro, el Fondo de Garantía propone el uso de «Certificados de Garantía» que respalden al emprendedor ante el banco, actuando como un puente transitorio hasta que el negocio alcance su autonomía. Una innovación crucial dentro de este esquema es la «Garantía Solidaria», mecanismo que permite a un grupo de microempresarios asociarse para solicitar créditos colectivos, avalándose mutuamente. En lugar de una garantía física, se utiliza la fuerza de la Trama: la confianza y el autocontrol social del grupo reducen el riesgo crediticio y fortalecen los vínculos comunitarios.

La Escuela como Catalizador de la Transición

¿Cómo conectar estas herramientas financieras con la realidad del barrio? Una posible respuesta reside en la Tríada Escolar (docentes, familias y estudiantes). La escuela es el único espacio donde el mundo del «Aro» (la institución formal) y el mundo de la «Trama» (la familia popular) se encuentran cara a cara todos los días.

El proyecto de «Catálisis Social» propone utilizar la escuela como un centro de formación y mediación productiva. Bajo este modelo, los jóvenes no son solo alumnos, sino agentes de cambio que, apoyados por sus docentes, acompañan a sus familias en la transición hacia la formalización. A través de estrategias de Ciencia Ciudadana e Inteligencia Artificial, se pueden mapear las necesidades locales y simplificar procesos administrativos complejos, permitiendo que el negocio familiar sea «serio» sin perder su arraigo comunitario.

Los docentes actúan como guías técnicos que, junto a las madres líderes de la comunidad, tienen el poder de presionar a los niveles locales y regionales para que los recursos no se pierdan en la burocracia. Esta organización desde la base es lo que permite que el sistema educativo deje de ser una carga y se convierta en el motor de una nueva economía social. La formación de nuestros docentes para adelantar este tipo de tareas es uno de los retos a vencer.

El Reto para los Organismos de Desarrollo y la Banca

Este modelo plantea un desafío directo a organismos como la CAF (Banco de Desarrollo de América Latina) y la banca privada. Históricamente, sus programas han sido «pañitos de agua caliente» que tratan los síntomas de la pobreza sin atacar sus causas, diseñados desde escritorios que ignoran las asimetrías geográficas y culturales.

Para poder cumplir su papel de manera efectiva, la banca debe internalizar que el crédito en contextos populares no es solo para un individuo, sino para un nodo relacional. Los organismos internacionales necesitan estructuras locales sólidas y transparentes para canalizar sus recursos. Al empoderar a la Tríada Escolar y fortalecer los fondos regionales (como FONFAMYPE), se crea una contraloría social que asegura que el financiamiento llegue a quienes realmente lo necesitan, transformando el entorno hostil en «tierra fértil» para el emprendimiento.

La banca privada, por su parte, debe flexibilizar sus criterios y adoptar modalidades como el «Acondicionamiento Financiero» y el «Ahorro Productivo», donde el acceso a mayores niveles de crédito esté vinculado a la capacitación y al cumplimiento de metas de gestión, en lugar de solo a la posesión de activos.

Conclusión

La formalización del empresariado en Latinoamérica no puede seguir siendo un proceso de «arriba hacia abajo» que intente forzar la Trama dentro de un Aro rígido. El éxito solo llegará cuando ser formal deje de ser una amenaza para la supervivencia y se convierta en una herramienta para fortalecer los hilos que sostienen a nuestra sociedad.

La síntesis es posible: fondos financieros con sensibilidad cultural, garantías basadas en la solidaridad social y una escuela que sirva de puente hacia el futuro. Es hora de que los organismos de desarrollo y los gobiernos locales entiendan que detrás de cada artesano y cada microempresaria hay una trama de vida que merece ser potenciada, no asfixiada. Solo así convertiremos la desesperanza en una agencia colectiva capaz de reconstruir el tejido productivo de nuestras naciones.


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