La Nueva Militancia: El Partido como Escuela y Puente para la Consolidación Democrática
Introducción: La crisis de la mediación y el desafío de la «Hendidura»
La democracia contemporánea, especialmente en América Latina, atraviesa una crisis de confianza que no puede resolverse únicamente con reformas legales o procesos electorales técnicos. El distanciamiento entre las instituciones del Estado y el ciudadano común ha revelado lo que el sacerdote y antropólogo Alejandro Moreno Olmedo denomina la «hendidura» venezolana: una fractura ontológica entre el mundo del «aro» (la modernidad, la ley, la burocracia) y el mundo de la «trama» (la vida popular, los afectos, la convivencia cotidiana).
Para superar esta división, el partido político debe trascender su función tradicional de maquinaria electoral y asumir un rol fundamental como escuela formadora de adultos. En esta nueva etapa de consolidación democrática, el militante no debe ser un simple «número» en un padrón, sino un puente vital capaz de conectar la razón técnica del Estado con la realidad sentida de la comunidad para la cogeneración de políticas públicas.
- Lecciones del pasado: De la reconciliación de élites a la integración popular

Para avanzar, es imperativo entender de dónde venimos. Durante el siglo XX venezolano, liderazgos como el de Rómulo Betancourt lograron estabilizar la democracia mediante la «reconciliación de élites». Este modelo se basó en pactos entre cúpulas y una hábil gestión política que priorizó la institucionalidad para evitar finales violentos. Sin embargo, este sistema, aunque audaz y prudente, terminó operando «por encima» del entusiasmo popular, convirtiendo al partido en un administrador de la renta petrolera más que en un espacio de integración cultural profunda.
El error del pasado fue creer que el «aro» institucional podía contener a la «trama» popular sin penetrar en sus códigos relacionales. El militante del periodo puntofijista funcionó a menudo como un broker o gestor de recursos, lubricando la relación con el Estado a través del clientelismo competitivo. Al agotarse la renta, ese puente se fracturó, dejando al ciudadano en un estado de cinismo y desafección.
- El Partido como Escuela: Vencer la «Hijidad» y el Clientelismo
La «Nueva Militancia» propone que el partido sea, ante todo, una escuela de ciudadanía activa para adultos. Esta formación no consiste solo en aprender teoría política, sino en superar estructuras psicológicas que frenan el desarrollo democrático, como la «hijidad».
Según Moreno Olmedo, la estructura matricentrada de la familia popular genera sujetos que buscan protección y cuidado en lugar de responsabilidad individual, viendo al líder como un «padre» y al Estado como un proveedor materno. El partido tiene la misión pedagógica de transformar este homo convivialis —la persona-en-relación— en un ciudadano corresponsable.
- Superación del Clientelismo: La escuela de militancia debe enseñar a pasar del «favor» al «derecho» y del «regalo» a la «organización».
- Valoración de lo Humano: Un militante formado es aquel que sabe convivir y ayudar, no simplemente quien grita consignas más fuerte.
- Resiliencia Organizativa: La formación debe enfocarse en la solidaridad local como base de la fuerza política en contextos de crisis.
- El Militante como Puente: Conectando el «Aro» y la «Trama»
El nuevo paradigma de militancia exige que la dirigencia y las bases «bajen a la calle» y se integren en la solidaridad vecinal. A diferencia del modelo nórdico de «afiliación colectiva» o el modelo latino europeo de «militancia de cuadros» ideológica, la realidad latinoamericana requiere una presencia territorial basada en la confianza personal.
El militante actúa como un traductor:
- Hacia la Comunidad: Traduce las propuestas técnicas del partido a las necesidades y el lenguaje del barrio.
- Hacia el Estado/Partido: Recoge los problemas reales de la convivencia (una lámpara dañada, la falta de agua, la inseguridad) y los canaliza mediante el conocimiento de las instituciones.
Este rol evita el aislamiento del partido y sana la desconexión con el ciudadano común. El partido debe funcionar como una «familia extendida» y una red de apoyo mutuo que ofrezca valor a la vida cotidiana de las personas, no solo en época electoral.
- La Cogeneración de Políticas Públicas desde la Base
La consolidación democrática depende de que las soluciones no se impongan desde arriba, sino que se cogeneren. El militante es el dinamizador de este proceso. Al estar inserto en la «trama», puede identificar soluciones que la «razón abstracta» del Estado a menudo ignora.
- Identificación de Necesidades: El militante no busca «afiliados», busca «vecinos comprometidos» para resolver problemas comunes.
- Gestión con Resultados: La legitimidad política hoy nace de resultados visibles en el territorio, como gestionar servicios públicos básicos mediante la organización comunitaria.
- Democratización de Recursos: En lugar de la distribución vertical de la renta, se propone una democratización con amplia participación, donde el militante facilita que la comunidad acceda a sus derechos por mérito y organización.
El éxito de esta estrategia no se mide por carnets entregados, sino por la profundidad de los vínculos creados y la capacidad de resolver problemas cotidianos en la comunidad.
Conclusión: Hacia una Democracia de Proximidad
Vencer los errores del pasado implica reconocer que no basta con tener instituciones sólidas (el Aro) si estas no tienen raíz en la vida de la gente (la Trama). El partido político, como escuela formadora, tiene el reto de crear una militancia capaz de habitar ambos mundos sin ser colonizada por el clientelismo ni aislada por la tecnocracia.
La consolidación democrática será posible cuando el militante sea visto por su vecino no como un buscador de votos, sino como un compañero formado, capaz de tender puentes y construir soluciones reales. Solo así transformaremos la «hendidura» en un espacio de encuentro, pasando del voto mecánico a la trama social profunda.
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